septiembre 2, 2026

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[Crónica] MEO Kalorama 2026 (domingo 30 de agosto)

La quinta edición del Meo Kalorama, celebrada este pasado fin de semana en su emplazamiento habitual del Parque da Bela Vista de Lisboa, reincidía en una fórmula que, hasta la fecha, le ha reportado un éxito indiscutible: un cartel heterogéneo que conjuga estrellas del pop mainstream con artistas de cierto riesgo, sin una línea editorial predefinida o excluyente. A falta de Unknown Mortal Orchestra, baja de última hora por “una emergencia médica” y sustituidos in extremis por Dry Cleaning, y dejando a un lado los baños de masas de Robbie Williams y Lauryn Hill (esta última con una función excesivamente anecdótica durante un show donde la voz cantante recayó en los numerosos invitados que pulularon por el escenario), lo más reseñable de las dos primeras jornadas del festival fueron los conciertos de Angine de Poitrine, a medio camino entre la boutade vanguardista y la militancia freak, demostrando ante miles de insospechados seguidores que una propuesta tan singular como la suya no ha tocado techo aún, y Vince Staples, que, luciendo camiseta de Geese y acompañado por una banda completa, a ratos apostó por una suerte de remedo metal-punk de su repertorio que mereció una mejor acogida por parte del respetable. Por otro lado, tanto Anna Von Hausswolff como Melody’s Echo Chamber ofrecieron actuaciones notables, ricas en texturas etéreas y evocadoras, pero el contexto, sin duda, no era el más apropiado.

El domingo fue, evidentemente, otra historia. Una jornada nicho, por así decirlo. Público mayoritariamente adolescente y el negro como denominador común de todas las camisetas y atuendos. En números absolutos seguramente una asistencia menor comparada con las de viernes o sábado, pero victoria absoluta en términos de devoción y fidelidad, tal y como atestiguaba el puesto de merchandising desde primera hora de la tarde.

Abrieron fuego con una energía arrolladora unos High Vis que no dejan de crecer, logrando que incluso el escenario principal del festival se les quedase pequeño. No dudaron en asegurar que solo habían dormido dos horas para adaptarse al timing del Kalorama pero viéndoles sudar la gota gorda desde el primer minuto cualquiera lo diría. Himnos hardcore a mayor gloria de una clase media asfixiada por los estragos del capitalismo liberal, zarpazos de la más cruda realidad que en directo retumban en el pecho como puñetazos. Salvo excepciones puntuales como en el caso de una ‘Mind’s a lie’ que ubicaron con tino en el tramo final después de que Graham Sayle relatase emocionado entre lágrimas sus problemas de salud, cierto es que en sus conciertos se pierden muchos de los matices y detalles que emparentan sus álbumes de estudio con sonoridades ochenteras propias de toda una tradición de la música británica, léase la querencia melódica de The Smiths o Simple Minds, pero a cambio ganan en crudeza e inmediatez. Esperando ya su próximo salto exponencial.

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Wednesday fueron de menos a más. El marco era propicio mientras atardecía sobre la ladera de Bela Vista pero iniciaron su periplo un tanto desangelados, con ‘Reality TV argument bleeds’ y ‘Got shocked’ como punto de partida, ante una audiencia con la que tardaron en conectar, seguramente porque a más de uno le pilló desprevenido la capacidad expresiva de Karly Hartzman y esa vocación por los recovecos del rock alternativo de los noventa, con el ruido y la distorsión dominando las elecciones de un setlist que poco a poco iría cogiendo entidad y versatilidad. Olvidado ya el debate sobre la ausencia de MJ Lenderman, una situación similar a la que vivieron en su más reciente visita a Barcelona, con no pocas dificultades para encender los ánimos de las primeras filas de La Nau. Hubo dedicatoria a Dolly Parton cuando arrancaron su cancionero con solera country y cerraron con la luna presidiendo ya el paisaje, con Hartzman desgañitándose una vez más hasta el dolor y la extenuación en la catarsis de ‘Bull believer’ y en ‘Wasp’, ese trallazo punk que tanto descoloca en el adiós definitivo.

Justo cuando Wednesday empezaban a elevar el vuelo, la apisonadora electroclash de Peaches irrumpía al otro lado del recinto con sus bombos machacones y destartalados. Merrill Beth Nasker no tuvo que esforzarse mucho para dejar patente que ella era la auténtica punk de la velada. Un irresistible circo de excentricidades, terrores corporales y stage diving el de la canadiense, que a sus 59 años volvió a ofrecer uno de sus shows desprejuiciados y sin cortapisas, ajenos a toda corrección política, sexualmente explícitos y abiertamente queer en el que se rindió tributo, cómo no, a Tim Curry y ‘The rocky horror picture show’. Que Brendan Yates de Turnstile se apuntase a la fiesta, acompañándola durante la performance de ‘Fuck the pain away’, fue de lejos el plot twist más impactante y agradecido de todo un festival que, hasta entonces, había deparado pocos titulares a contracorriente.

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Cuarta vez que un servidor atestigua un directo de Turnstile y cuarta vez que uno no puede evitar caer maravillado ante el potencial en grandes espacios abiertos de la banda de Baltimore, con la maquinaria bien engrasada después de unas giras mundiales que se han prolongado incansablemente y el papel de Brendan Yates, sí, que compaginando sus roles de vocalista, acróbata inagotable e interlocutor necesario con el público no deja de acrecentar su carisma y, por extensión, el de una de las formaciones más icónicas de nuestro tiempo. Tras el guiño a la cultura portuguesa al tomar el escenario con los versos de António Variaçoes, coreados al unísono por toda la parroquia local, y uno de esos solos de batería de Daniel Fang que irritan y avivan a las fieras a partes iguales, llega la primera sorpresa: ‘Never enough’, el habitual opener de sus tours desde la publicación del LP homónimo, uno de esos temas nacidos para epatar, para entrar en lo más alto, no sonaría hasta que enfilasen la despedida. Al contrario, tiraron sin medias tintas por la sacudida rápida con ‘BIRDS’ y ‘Real thing’, junto a ‘Drop’ el único recuerdo de sus primeros discos a lo largo de unos ajustados sesenta minutos volcados en cuerpo y alma en las dos obras que los han catapultado más allá de los difusos márgenes del hardcore punk. A partir de ahí, una sucesión sin tregua de esos hits marca de la casa que, en las distancias cortas, son una fábrica de pogos instantáneos, de ‘BLACKOUT’ a ‘I CARE’, de ‘HOLIDAY’ a ‘SOLE’. Tan solo el sintetizador del atmosférico pasaje con el que concluye ‘LOOK OUT FOR ME’ dio un respiro en una batalla que ya estaba ganada de antemano. Infalibles, como siempre.

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Semejante descarga de adrenalina a lo largo del día fue el caldo de cultivo para que Deftones tocasen el cielo. Con casi cuatro décadas de carrera a sus espaldas, los de Sacramento disfrutan hoy de una dulce madurez, recompensa a uno de esos ejercicios de resistencia sin parangón en la historia de la música. A los veteranos que supieron intuir en ellos el germen de algo que traspasaba la fórmula anquilosada del nu metal se les une ahora una legión de jóvenes que los medios quieren encasillar como ‘generación TikTok’ cuando la verdadera cuestión recae sobre la atemporalidad de un grupo y de unas canciones que han vuelto a prender la llama del teen angst, signo inequívoco de que el emo o el shoegaze se han visto insuflados por aires de renovación y reconocimiento. Y qué decir del estado de forma de un Chino Moreno vigoroso y manifiestamente feliz que, sin Stephen Carpenter secundándole en la guitarra por su negativa a volar en avión, asume casi todo el peso de tamaño legado, quizás cantando mejor que nunca, pues hablamos ya de una voz más que emblemática que debería ocupar su propio pedestal en el olimpo en que se hallan sus idolatrados Dave Gahan o Morrissey. Y añado: que en sus primeros compases diesen salida a ‘Be quiet and drive (far away)’ y ‘Around the fur’, dos éxitos rotundos de su primera etapa, da buena cuenta de la cantidad de bazas con las que juegan en este momento, suficientes para repartir a lo largo de su set explosiones climáticas en torno a ese ‘White pony’  que lo cambió todo (primero ‘Feiticeira’ y ‘Korea’, más tarde en los bises ‘Change (in the house of flies)’) en perfecta armonía con esos otros cortes de alta intensidad emocional (‘Cherry waves’, ‘Rosemary’) que pueblan su discografía de este siglo, los mismos que han servido de gancho para los recién llegados. Aunque a título personal el que aquí suscribe echó en falta alguna parada en el álbum que lleva por título simple y llanamente el nombre de la formación, un trabajo cocinado en unas circunstancias muy complejas que debía sostener los derroteros transitados en la obra magna, el mismo al que el paso de las décadas diría que ha otorgado cierta resignificación, imposible no quedarse más que satisfecho cuando tocó el premio gordo, encadenando virtuosamente ‘Sextape’ (cuyas hechuras de dream-pop expansivo encuentran en su interpretación en vivo su genuina razón de ser), ‘infinite source’ (uno de los temas definitorios de su última publicación, ‘private music’, posiblemente de los que representa con mayor clarividencia su sonido actual) y ‘My own summer (shove it)’ (qué comentar a estas alturas). Unos titanes a los que, contra todo pronóstico, y siguen dando pruebas de ello, les queda cuerda para rato.

Texto: David López
Fotos: MEO Kalorama

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