Un par de semanas atrás desde Binaural viajamos a Milán para (intentar) disfrutar en primicia de uno de los primeros shows de Rosalía en la gira promocional de su aclamado «Lux«. La jugada, que presumía de ser redonda, nos acabó saliendo medio rana: pese a poder gozar de 50 minutos de una actuación que rozaba el sobresaliente, una indisposición de la artista provocó que se realizase una suspensión abrupta del directo, dejándonos pendientes de entender cómo se modelaba el último tercio de la interpretación. Pero existió una segunda chance: ayer, gracias a Livenation, pudimos acercarnos al Palau Sant Jordi para ser partícipes del segundo concierto de Sant Esteve Sesrovires en su estimada ciudad de Barcelona.
Si algo queda claro desde el arranque del recital es que ese enfoque minimal y un tanto futurista de «Motomami» ha cedido el testigo a algo un poco más anacrónico, vinculado al ballet y a una puesta en escena clásica, muy de hilo y dedal. El golpe de efecto en el arranque del show es de K.O técnico: catapultada instrumentalmente por una orquesta situada en el centro de la pista, Rosalía vive como protagonista de un particular «unboxing» que deriva en una catártica y descarnada interpretación de ‘Sexo, Violencia y Llantas’. Aún en el eje central de la pista, la catalana enlaza el tono crepuscular de dicho tema con una ‘Reliquia’ visceral, bombástica y radioactiva que, con guiñito incluido a Barcelona (como en la primera noche) exhibe cómo iba a ser ese juego de contrastes con el que nos íbamos a ir topando a lo largo de la velada. Ese enfoque queda más expandida con ‘Porcelana’, en el que una estruendosa percusión, secundada por arranques coreográficos, demostraban que el show de «Lux» era todo un «game changer» respecto a lo visto hasta la fecha en anteriores giras de Rosalía.

‘Divinize’, una de las obras cumbre de «Lux», impone por un juego percusivo que hace temblar (literalmente) el suelo de todos aquellos que nos situábamos en la zona de prensa. ‘Mio Cristo Piange Diamante’, que en Milano contó con una intro-homenaje a la música italiana que tanto había influenciado a Rosalía (Bellini, Verdi…), dejó en absoluto silencio al respetable con una sentidísima interpretación vocal impulsada por unas formas instrumentales que sumergían la voz de la madre de «El Mal Querer» en un abismo puramente submarino. Pelos como escarpias con su final. Sin lugar a dudas uno de los puntos álgidos de la velada.
Un pequeño interludio, con simpática grabación entre bastidores incluida, da pie a otro «knockout» en toda regla con el inicio del acto 2: arranca ‘Berghain’ con una «maléfica» solista (pasamos del blanco al negro en cuanto a atrezzo) dejándose arremolinar por su séquito, golpeando al personal con un abrumador final forjado en clave de poderoso tecno berlinés. Turno de ‘Saoko’, sus incitantes bailoteos y su ligera sensualidad. Ese abrazo carnal queda aún más patente en ‘La Fama’, cantada a viva voz por la audiencia sin necesidad de revisión de subtítulos. ‘Combi Versace’ recuperaba las sensaciones de ‘Saoko’, con ‘De Madrugá’ cerrando el primer tercio del show a altas revoluciones.

El tercer acto arranca con la aflamencá ‘El redentor’, con Rosalía subida sobre unas escaleras a 3/4 de escenario con pose y descaro de puro rockstar. Situada tras un marco de cuadra, el juego escénico juega a modo de troquel en un segmento, el de la cover de ‘Can’t Take My Eyes Off You’ de Frankie Valli) en el que su magnetismo va acompañado por la presencia de una serie de invitados sobre el escenario. ¿El más ilustre? Guitarricadelafuente que se apunta a ser protagonista en el famoso confesionario de Rosalía. Cómo no: esa confesión aderezada por tórridos affaires semi adolescentes en Sevilla vienen secuenciados por una ‘La Perla’ encumbrada por un nido de manos que edificaron una de las mejores coreos de la noche. Del sarcasmo de dicho single pasamos au un vibrante recital crooner clásico, con Llorenç al piano y una Rosalía dando cera a ‘Sauvignon Blanc’ en clave sesentas. El clasicismo, supurando color blanco por todos los tonos de su piel, coge cuerpo en una ‘La Yugular’ que empieza rindiendo reverencia a los inicios de la popstar catalana, y acaba con una espiral vocal conducida por el bucle de versos que comandan la canción.

Tras una «art cam» que busca la mímesis entre el gentío y diferentes clásicos del arte, Rosalía baja a la pista para marcarse una ‘Dios es Una Stalker’ compartiendo micro con los fans. Ya en el epicentro de la orquesta, y situándose sobre una tarima, suena un ‘¡vámonos!’, y se da el pistoletazo de salida a ‘La Rumba del Perdón’, con reminiscencias clásicos que encuentran su reverso germano en una ‘CUUUUUUUUuuuute’ (perdonen si no atino con las «u») con bases metalíticas y botafumeiro lumínico inclusive.
Como en el acto de ‘Saoko’, vuelve la agitación con ‘Bizcochito’ y una ‘Despechá’ que provoca el jolgorio de la entregada fanbase. Eso sí: esta vez la acción radica en el escenario principal, con Rosi liderando su propio Olimpo de ángeles de puro algodón. Ya encarando el tramo final, ‘Novia Robot’ y ‘Focu Rami’ ponen la rúbrica y la redondez con una intensa bellamente embelesada por refinada nstrumentación de cuerda. ¿El punto final? Una ‘Magnolias’ creada desde los huesos, con la estrella sirviéndose y bastándose con pose, talante y una afinación que roza lo inhóspito.
Rosalía se marcó otro hito en su trayectoria con un show que, aunando lo mejor de diferentes fases del pasado, consigue un íntimo abrazo entre clasicismo y futurismo sin que pese demasiado la esencia anacrónica. «Lux» pisa baldosas del hoy, explorando los recovecos del excelso talento que atesora nuestra heroína de «·parla catalana».
Texto: Pablo Porcar
Fotos: Christian Bertrand
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