Si obviamos su presencia en el line up del Primavera Sound, primero en 2015 y tiempo después en el marco del segundo fin de semana de aquella edición absolutamente inabarcable de la era post-covid (recordemos que cancelaron su concierto del viernes previo precisamente por contagio), habría que remontarse hasta el lejano 8 de diciembre de 2003 para ubicar en Barcelona el último directo de The Strokes en grandes arenas liderando la velada en solitario. Recalaron en el Pavelló de la Vall d’Hebron durante la gira de ‘Room on fire’ y, evidentemente, 23 años después, muchas cosas han cambiado, caminando siempre sobre la delgada línea roja que a veces separa el espíritu continuista y el intento de insuflar aire fresco al repertorio, dejando para el recuerdo himnos bendecidos por la gracia de la atemporalidad, sí, pero también algunos experimentos que no terminaron de cuajar o que, directamente, resultaron decepcionantes. Lógico pues que esta visita a la Ciudad Condal generase tantas expectativas, especialmente entre una nueva generación que los ha vuelto a aupar justo cuando los veteranos, enredados en el escepticismo y la nostalgia mal entendida, empezaban ya a darles la espalda. Y ahora lo podemos certificar: anoche dominó el público mayoritariamente joven, entregado en cuerpo y alma para arropar con un rotundo sold out a los neoyorkinos en la única fecha en nuestro país del tour de presentación de su séptimo álbum de estudio.
Como todo en esta vida es una cuestión de actitud, de rituales que forman parte indisociable del espectáculo y de la identidad de una formación con estatus prácticamente de culto, uno esperaba que los de Julian Casablancas siguieran a rajatabla el guión habitual y demoraran su salida a escena sobre la hora oficial prevista, poniendo a prueba, como antaño, la paciencia del respetable. Nada hubiésemos objetado en tanto tuvieron a bien amenizar la espera con toda una suerte de soundtrack que rendía pleitesía al easy listening y a algunos nombres de referencia para cualquiera que esté familiarizado con la cinematografía bis europea, léase Bruno Nicolai o Michel Legrand. Toda una declaración de intenciones si nos atenemos al eclecticismo que recorrió de principio a fin el set list que estaba por llegar. Pero no, en esta ocasión no fue necesario sufrir en exceso. Tan solo habían transcurrido diez minutos cuando las luces del Palau Sant Jordi se apagaron y, al poco, ya podíamos constatar el extraordinario estado de forma del quinteto, defendiendo tanto su enorme legado como los hitos de ‘Reality awaits’ con una solidez y carisma indiscutibles, con un derroche de energía que este cronista jamás había percibido en sus aparatosas irrupciones en festivales de todo el territorio nacional. Ni siquiera hubo señales de alerta que hiciesen lamentar la ausencia de Nick Valensi, sustituido de manera provisional por Steve Schiltz, vocalista y guitarra de los veteranos Longwave. Ni rastro de aquel escuadrón de autómatas que se debatía entre la desidia y lo errático, como si acabasen de abandonar al amanecer un recóndito after del Soho. La de ayer era una banda bien cohesionada y engrasada que incluso se permitió interpelar con frecuencia al pabellón haciendo gala de sarcasmo y guiños cómplices a Cataluña. Inaudito.

Tampoco era previsible que eligiesen como apertura de la noche el tema que da conclusión a su más reciente LP. En pocas quinielas hallaríamos esta apuesta por ‘Tyrants of the mellow moon’, un medio tiempo bonito, a ratos ensoñador, en el que el polémico vocoder que tanto ha dado que hablar en esta nueva etapa (aunque sin rebuscar demasiado ya estuviese presente en los discos de The Voidz) no pareció dejar desubicado a nadie. Nada más lejos, quizás es en las distancias cortas donde adquirió todo su sentido como pieza fundamental de su actual engranaje sónico. En cualquier caso, un inicio que no hacía presagiar la euforia que desatarían cuando, sin mediar respiro, atacaron con los primeros acordes de ‘Reptilia’. A partir de ahí dieron salida rápidamente a los nuevos temas, destacando en su ejecución ‘Lonely in the future’, presentada con ese riff tan engañoso, en las antípodas de lo que finalmente brinda la canción, o esa ‘Dine ‘N Dash’ cuyo sintetizador flotante invoca conscientemente la atmósfera que generaba la icónica marimba y los teclados de ‘Love my way’ de sus amados The Psychedelic Furs. Y puede que no sorprenda que ‘The adults are talking’ fuese una de las más coreadas de la velada, tanto o más que ‘You only live once’, pero sí parece reseñable que la masa acogiese con tanto entusiasmo la inclusión de ‘One way trigger’, única parada en el olvidable ‘Comedown machine’. De ‘Angles’ directamente ni se acordaron.


Salvo porque se la jugaron intercalando entre medias ‘Going to babble on’, la secuencia final tenía mucho de autohomenaje, por supuesto, pero también de recordatorio. Recordatorio de una época irrepetible, de una obra paradigmática. En este tramo copado por ‘Is this it’, además de ‘Someday’, descargaron ‘Take it or leave it’ y ‘Last nite’ con una fuerza casi primitiva, como si se tratase de una formación primeriza con ganas de comerse el mundo, con ansias de arrasar con todo. Un auténtico vendaval que les empujó a arrancar la primera tanda de bises con una ‘New York city cops’ rabiosa, exultante, suficiente guinda al pastel para despedirse en lo más alto. Sin embargo, se decantaron por extender la prórroga con una ‘Threat of joy’ que se intuyó especialmente juguetona y, sobre todo, tirando de melancolía, profundidad y autorreferencia con ‘Ode to the Mets’. El colofón perfecto para enfilar la marcha bajando revoluciones si no fuese porque, tras hacerse rogar, regresaron al escenario para rematar, ahora sí, con ‘Selfless’. Seguramente no era la forma más redonda de decir adiós pero nadie discutió que la colección de temas que conforman ‘The new abnormal’ sigue dando de sí. Y de este modo, casi dos horas después, The Strokes respondían a la pregunta que a todos nos ha rondado por la cabeza en más de una situación. ¿Por qué adoramos las historias en las que sus protagonistas disfrutan de segundas (o terceras) oportunidades? Sencillo: porque es un auténtico placer descubrir cómo tus héroes no dejan de levantarse de la esquina del cuadrilátero una y otra vez.
Texto: David López
Fotografías: Christian Bertrand (tLivenation)
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