Vayamos directamente a los hechos: Fontaines D.C., la banda irlandesa que nacía entre el estrépito del post-punk en 2016 (sin el D.C.), nos ha sacudido el lagrimal. Con “Romance” (XL Recordings, 2024) son cuatro discos ya. Ocho años que nos llevan a un punto de su carrera en el que se produce el all in; arriesgado, como diría anti. De primeras, no queda claro por qué la gota se derrama por tu mejilla. ¿Añoranza por las guitarras como hijo por sus padres al irse de colonias? ¿Por un affair con su nuevo sonido? ¿Lloramos porque la apuesta no ha salido bien? En cualquier caso, ¿para quién? Todo tiene respuesta. Entre la ironía de un amor sónico que parece modelado con una impresora 3D, se esconde una entrega que no huele a rollo de una noche, sino más bien a un encuentro serio con un buen puñado de citas mediante. Eso sí, plantea muchos enigmas para el oyente. Es una operación a corazón abierto en la que el latido de vuelta ya no volverá a ser el mismo.
Es “Romance” su disco más inaccesible hasta la fecha, un álbum que inicialmente no conquista con la fórmula ritmo-melódica, sino mucho más con el diálogo -eso incluye, por supuesto, un sonido con una belleza y un código distintos-. En ese “todo al rojo rosa” está la decisión de trabajar con James Ford (Arctic Monkeys, Depeche Mode, Blur) después de haberlo hecho tantos años con Dan Carey. La banda lo tenía clarísimo: si hay que morir por amor, se muere. Y en estos casos, la jugada no suele salir mal, sobre todo si el foco está muy claro. Aquí la aproximación a un nuevo sonido y, por extensión, a una nueva idea de la banda mucho más cyberpunk, se aprecia incluso desde un plano puramente audiovisual, donde entran en juego producción e imagen de grupo. Esa víscera llorona hace total match con el nuevo look que destila el quinteto. En el disco no guardan cartas (¿para qué), van al grano y lo hacen evidente en ‘Romance‘, tema homónimo de apertura donde descifran de qué va toda esta movida: “That maybe my goodness has died / I pray for your kindness / Maybe romance is a place“. Romance igual a lugar y sacrificio. Su enfoque temático (menos autóctono, absolutamente universal) nos permite leer entre (estas) líneas y equiparar esta idea a su momento artístico.
Así que Fontaines D.C. ha encapsulado su genuina fantasía en un trabajo de envolturas que chocan, pero que al final arropan a un espíritu muy reconocible. Digo arropan porque, al igual que se siente el amor por la música que han hecho, también se percibe el dolor, la oscuridad y un sacrificio que pasará por alto a unos, pero calará hondo en muchos otros. Más allá de esta nueva relación que entablan conceptualmente, su sonido, sobrio, compacto, aplastante, acompaña y abre nuevos caminos a la luz neón. Por ejemplo, en la agónica ‘Starburster‘, los jadeos del estribillo (que aluden a un ataque de pánico real que tuvo Grian), se integran casi como un instrumento más. La producción que hay detrás de cada canción nos lleva a escuchar registros vocales atípicos, como en ‘Motorcycle Boy‘, donde resuena fuerte el Billy Corgan de Adore. Baladas como ‘Horseness Is The Whatness‘, uno de los temas más brillantes del álbum, cuestan mucho de imaginar en contextos pasados de la banda. Aquí, los violines suenan naturales e imprescindibles, como sangre en Vampire Weekend. Las guitarras cogen otras intensidades y, sobre todo, las voces, adquieren una condición tridimensional. En ‘Desire‘ no sabes ni de donde te vienen, y sólo si agudizas el oído, distingues la miríada de elementos que refuerzan un sonido cuya grandeza ya ha sido definida en esta última frase. Resumiendo: rico y sobrio.
A la hora de escuchar un nuevo disco no hay que hacer cambios de chip, con más razón un giro de estas características sacrifica inevitablemente adeptos, sobre todo los más impacientes y de nicho férreo. Sin embargo, y al mismo tiempo, “Romance” se erige como un álbum más de consolidación que de fidelización (demostrar ya demostraron hace años que eran muy buenos). En suma, se abren a conectar con una audiencia que en su caso ya necesita la talla XL. No somos adivinos, pero dos cosas quedan claras: el romance se proyecta duradero y la lágrima no es de disgusto.
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