septiembre 24, 2026

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Pablo y los Ciervos Dorados – Vino | Crítica

Descorchamos una botella y no es para brindar. Esto empieza y acaba con siete copas de «Vino» (Humo Internacional, 2026), el disco debut de Pablo y los Ciervos Dorados (D.O. Liceo Mutante, asociación cultural y sala de conciertos de Pontevedra), una obra añeja y profunda como el tupido bosque de Aldán. Así que, de entrada, quien busque el efecto pelotazo de una canción majestuosa como los cuernos de Jägermeister, se perderá. Tampoco está confeccionada con el glamour de un sorbo de Champagne Supernova. Simplemente, el trío formado por Pablo, su hermana Elena y su amigo Muellín, vino, y llegó, expresándose de la forma más natural posible. Eso significa que te la sude completamente pulir o condicionar lo que no ha salido perfecto. Entonces pueden pasar dos cosas: que tu música sirva para la bso de The Blair Witch Project o que simplemente se de una brujería al alcance de pocos talentos. En este rocambolesco trabajo pasa lo segundo. Se hace de día y de noche cuatro veces en un mismo tema, los pinos se transforman en sauces (muy llorones) y la desesperación invoca a esos pocos fantasmas con los que uno desearía compartir un Godello. ¿Os acordáis de Jeff Buckley? Qué pregunta.

Describir este disco es como intentar proyectar en palabras los detalles, los matices y la grandeza de un sabor único: algo complejo. Pero es algo así como cuando Manos de Topo cantaba ‘Es Feo’ al límite de romperse en mil pedazos, pero aquí quebrándose. Como cuando Enric Montefusco te explicaba cómo era levantarse un día cualquiera en su piso de la ‘Meridiana’ o como cuando Pete Doherty dio por buenos 5 segundos de gallos en la grabación de «Up The Bracket». O es Cody Chesnutt tragando saliva tarde en ‘5 On A Joryde’ y seguir adelante medio atropellado en el canto. Simple, honesto, espontáneo y a la vez complejo, imprevisible, sobrecogedor. De estructura demencial, «Vino» es un álbum con dos partes distinguidas que se desarrolla con los mismos rigores con los que crece un árbol: al albur silvestre. Tenemos una introducción de ‘Duermevela‘, con mandolina emulando a los búhos de la noche (quizá por ahí vengan las referencias de Lisa Germano), que en un minuto nos sitúa rápidamente en un entorno poético y cada vez más convencido que imaginario. Entonces llega ‘Vino‘ (el tema) y logra que la sensación de estar solo y perdido se convierta en un acto de amor con uno mismo. «¿Y la noche sois vosotros o es un bosque entre los ruidos y las luces de las cosas? / «Seré por primera vez yo, aburrido y consumido, pero al menos yo«. Entre esas reflexiones hondas resuenan los ecos desgarradores de un Jeff Buckley atormentado, las guitarras poniendo las luces de cruce para que Pablo, el cantante, no sea presa en esos ocho minutos de oscuridad. Spoiler: sobrevive.

En los primeros 14 segundos de ‘Canción de Odio‘ me creo que esté sonando algún tema de «XO» de Elliott Smith si nadie me avisa. Aunque rápidamente cambias de idea porque se metamorfosea en otra cosa, a ratos en una nana a piano, a otros, en un vendaval de guitarras rabiosas fuera de control, como un hombre mutando a lobo bajo la luz de la luna. Literal. Es tan bestial que el tema hasta se vuelve desagradable. A ratos, las propias guitarras eléctricas parecen brindar a Pablo una dorada silla eléctrica de la que no se puede soltar. Y ahí obtenemos un contrapunto mágico que te hace anhelar la belleza de una canción que se manifiesta en los términos opuestos. Como el mismo vino, es un tema que hasta que no se oxigena y suena un rato, no percibes con plenitud la infinidad de matices que hay detrás. Y así pasamos al segundo bloque del disco, que empieza con ‘Te Tengo a Mi Lado y No sé Cómo Hacerlo‘, un hermoso pasaje de cuerdas en el que Daniel Lumbreras se pondría a improvisar fonemas sin pensarlo. Marca así una línea más dada al folk de cantautor de las altas montañas de As Bestas como ‘Noche de San Juan‘, y sobre todo, ‘Ciervo Dorado‘, de corte esencialmente acústico y de pulso mucho más estabilizado. Son sintomáticos, pues a pesar de todo vamos llegando al minuto final del disco (‘23:59‘) con una tímida pero sincera celebración de la vida. Hay tarta y todo.

«Vino» genera el efecto revés: a medida que lo vas consumiendo la música se va volviendo más serena. El galgo esquivo (divisable sólo para los que tienen buena vista) se vuelve confiado, tanto en el plano musical como narrativo. O en otras palabras: sus (a)dorados ciervos le dan al artista la suficiente luz como para saber localizar su paradero inicial incluso a media noche. Será que le ha echado mucho amor. Ni idea, son todos suposiciones. Lo único que sí podemos probar es que, tras concluir esta obra original, cíclica como el día y la noche, la segunda botella ya está lista para servir.

Marius

The Good

  • Su imperfección como obra.

The Bad

  • Su perfección como obra (tengo que meterla en contra para que tenga sentido el pro)

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