Hay convicciones anidadas a la idea de ser partícipes de algo único a las que nos volvemos a aferrar cuando la verdad se postra, sin artificio alguno, ante nuestros ojos. Sucede con el estreno de cada obra de P.T Anderson, con cada papel nuevo de Daniel Day Lewis, con cada newsletter enviada por Nick Cave, y, ahora sí, con cada disco producido por Phoebe Bridgers. Llegó la proeza: ya existe una consolidación que afirma (o reafirma, según se mire) esa creencia en relación a la artista de blanca cabellera. «Lost Weekend» sale a la luz esta semana, erigiéndose como el ejercicio musical definitivo que acaba de coronar a la «boygenius» en un estatus que empezó a acariciar con el aterrizaje de «Punisher».
No es nada fácil hablar de «Lost Weekend» desde un concepto llano o simplista. Lo más justo sería hablar de su «kickoff» conceptual: el trabajo nace como respuesta a un total de tres fenómenos que han sacudido emocionalmente a Bridgers en estos últimos años, abarcando el luto de la muerte de un padre de difícil vínculo (Tony Bridgers falleció en diciembre de 2022), el cierre de una relación sentimental (Mescal) y el arranque de otra (Bo Durnham). En sí mismo el disco transita precisamente eso: un tránsito. Y habla como la vida es fluir, es crecer, es aceptar y también es entender que el aislarse no es una solución. A diferencia de «Punisher» y «Stranger In The Alps» este álbum madura en el sentido que no idealiza una soledad. Es como una respuesta crecida a un «I Am A Rock» añejo de Paul Simon. La conexión como un reto, como un alivio. Un perdón, como un gracias pero también como una forma de cierre.

Y es que el disco, pese a no serlo formalmente, se siente como una suerte de rúbrica a una trilogía. A nivel estilístico esto encaja perfectamente en el vocabulario: el trabajo encuentra el punto de cocción perfecto entre el folk marca de la casa, un country de mayor exposición (foco máximo de calor: ‘Haunted’) y una ligereza bombástica que sabe encontrar puntos catárticos como Perfume Genius conseguía en su era «No Shape». Glitcheos, vocoders (esa intro que homenajea a Imogen Heap) y aullidos digitales están a la orden del día, pero solo como condimentos o cierres para abrumar en el «core» de piezas que requieren de brincos emocionales. Revisen ‘Lost Weekend’, con un entrelazado tan bien tejido que exhibe, sin tapujo alguno, el mestizo ADN del disco. O ‘Panorama’, que alterna una dualidad forjada entre dos realidades un tanto diferenciadas. Caso algo más excepcional: el caso de ‘Bobby’. Dedicado íntegramente a Bo Durnham, el tema encarado como single (sin aún serlo) se erige como una nueva ‘Motion Sickness’ de épicas proporciones, ávida de sonar con fuerza en la gira que acontecerá por Europa a finales de año.
Tony Berg, Ethan Gruska, Jack Antonoff, Alex G y la propia Phoebe Bridgers se han unido para concebir un «Lost Weekend» de producción excelsa que ahonda principalmente en tempos rebajados, con los bpms guisados a cocción lenta. Es allí, quizás, donde damos con los temas más significativos y emocionantes de todo el álbum. El caso ‘Still Standing’ es, a todas luces, un faro en el camino. La canción está compuesta como homenaje a su padre, y a las luces y las sombras derivadas de su complicada relación. Armonizada con unos arreglos de guitarra finísimos, la canción vuela alto con versos que inciden en la disociación y en el abuso, de una forma tan dura y cruda, como brillante. La mayor ejemplificación del logro: «i found her bleeding over the sink / but when you said sorry you were looking at me / i can’t remember what i said / but i didn’t mean it». De nuevo: aceptación, perdón y cierre. Impecable.
Otro punto álgido lo ubicamos en ‘Kill Me’. Tras las bellas sensaciones generadas por la ya conocida ‘Lost Boys‘, aterriza una balada desgarbada sobre el paso del tiempo, y el afrontar adversidades en etapas de cambio personal. «times are scary / white boys are getting married / turning 21 / i’m not like i was once» enfila como primeros versos en una obra que crece con los minutos, y que encuentra esperanza al ahondar en aquello de «bobby, you taught me that i know nothing» (otra referencia a Bo, como foco de calor). A su manera ‘Kill Me’ es la pieza más «Bad Seeds» de este LP, más aún si desgranamos su sentida «outro».

«La música que más he escuchado por placer probablemente sea la música ambient«, dijo Bridgers cuando le preguntaron por el impulso compositivo detrás de las piezas intermedias y las transiciones del álbum. «Pero ni siquiera creo que me diera cuenta de cuánto material de transición había en el álbum hasta que estuvo terminado«. Tiene todo el sentido esta afirmación, sobre todo al entender que Phoebe entiende, en su justa medida, como saber emocionar a su audiencia, no sólo por la vía lírica (como antaño), sino también con una baza, la musical, que suena aún más efectista que en anteriores incursiones. Es un gran logro del álbum: conseguir alzar el sonido a la altura de unas letras que ya empezaron a tocar techo con «Stranger In The Alps».
Tiene todo el sentido del mundo que Cameron Winter no esté acreditado como tal pese a sus dos puntuales apariciones (‘I Can’t Wait’, ‘Kill Me’), o que la aparición de Dacus y Baker no gocen de mayor repercusión mediática. Aquí las colaboraciones no están marcadas bajo un gran protagonismo: tal es el logro cohesivo de Phoebe Bridgers que todo lo que rezuma es su aroma, y todo lo que se atisba es el color rojo albergado en sus entrañas. Por méritos propios, no hay espacio para más.
(datos para muy cafeteros: Jeroen, tour manager de Phoebe que contribuyó vocalmente en ‘Garden Song’, vuelve a aportar su voz en ‘Kill Me’ y ‘As Above’. Justin de Jesu y Godflesh también toca la guitarra en ‘Bobby’. Y hay temas compuestos colaborativamente con Christian Lee Hutson, Damien Jurado en el caso de ‘Lost Weekend y ‘Lost Weekend Reprise’ y Maya Hawke en ‘Lost Weekend’ y ‘Never Going Back!’).
«Lost Weekend» es la obra magna de Bridgers. Un trabajo excelso sobre transformación personal que consigue el hito de expandir en lo estilístico, y mutar hacia un patrón mestizo que casa contenido y continente sin parangón. Un «tour de force» postulado como una muestra del crecimiento vital de Phoebe. Donde hubo inocencia, ahora hay reflexión, gratitud y sentimiento. La angelina crece, y nosotrxs crecemos con ella, agarradxs a su mano. «Cried in a suit and tie…», esgrime al arrancar el disco. Lágrimas de aflicción, de florecimiento y de asentamiento.
p.porcar
Pros
- La definición de un sonido basándose en una fusión de ADNs
- Mejora, amplia y amplifica lo visto en los dos anteriores álbumes
- Bobby, Kill Me y una «emotivísima» Still Standing dedicada a su difunto padre
Contras
- Never Going Back! Por pequeño que sea el corte, es el único que queda como si fuese una cara B
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