Tengo la sensación de que, desde hace un tiempo, The Strokes nos están vacilando. En plan bien. Invito a leer esta review con un Marlboro para alinearnos. Fumar mata, igual que los sistemas políticos opresivos y la manipulación del pueblo. Lo digo porque, en pleno 2026, a Julian Casablancas le preocupa mucho más eso que la gente diga que suenan a pastel de autotune. Lo de The Strokes ha sido una terapia de choque encubierta en casi toda su carrera por culpa de su status desbordado. ¿Cómo mutas de un disco que rescató el rock de principios de siglo a otro de pop futurista? Primero, no mutas, vas por tu cuenta, debutando en solitario como Julian Casablancas (2009). Después lo intentas con tu banda y te lanzas pero no te lanzas («Angles», 2011). Luego ya te da igual todo, te precipitas («Comedown Machine», 2013) y te quitas el gusanillo fundando otra banda llamada The Voidz. Y finalmente, con el tiempo, reculas y atiendes los vínculos vitales olvidados con «The New Abnormal» (2020), en el que explicitaron «enfundarse de nuevo los guantes -de Is This It- para salvarse del peligro«. ¿Pero hablaban en serio?
Segundo piti del cartón. No iban en serio, entre otras cosas, porque nunca ha dado la sensación de que tengan mucho sentido del peligro. «Comedown Machine» ahora gana relevancia (quien lo iba a decir) y «The New Abnormal» se convierte más bien en un disco puente, muy bien tirado. Porque «Reality Awaits» mantiene una lógica fuerte en todo lo que venía siendo la banda años atrás. Un rodeo de su pulsión ochentera, por los teclados de Mellotron y su estética art pop, que siempre se manifestó como un caballo criollo, y que en este trabajo han domado con un enfoque crítico que la verdad hubiera pillado a más de uno por sorpresa de no ser por sus dos singles de adelanto. En el arte de la crítica galopa «Reality Awaits» con un aviso para al mundo, que también se puede desdoblar en el contexto musical de la banda: un golpe de realidad. Y juegan con esa foto de portada de Cowboy que corresponde al artista visual de Johann Rashid, que a su vez se apropió de la foto original de Ricard Prince, que en su día se destinó para un anuncio de tabaco en 1989. Apropiación sobre apropiación, más lícito imposible, máxime si hay que exponer al estado por vender veneno.
Pero al margen del ejercicio crítico que hay detrás, es difícil encajar este álbum sabiendo que The Strokes están de todo menos desorientados (admiten haber recuperado su pasión por la música en «Falling out of Love«). No hay un rumbo secular. Sí una línea que ya la reconoces como suya, entre otras cosas gracias a la producción de Rick Rubin, donde suman ese falsete histérico y modulado de Julian, que en ‘Psycho Shit‘ o ‘The Fruits of Conquest‘ estrujan unos agudos donde la voz humana no llegaría, las guitarras de calambre reducido de Hammond Jr. y Valensi ‘ (Going to Babble On‘), las pistas que se van de los 4 minutos (‘Liar’s Remorse‘) o el amplio abanico de registros robóticos de Casablancas, de los que casi nunca prescinde (sólo en el final de ‘Dine N’Dash‘). Este trabajo deja la nostalgia en cenizas (algo que no ocurrió seis años atrás) y opta por 42 minutos de medios tiempos y baladas digitalizadas, donde la media sale a 4 minutos y medio por pista, sin rastro de momentos pimpantes. De hecho, la escucha puede entrar en una dinámica cansina si no estás con un mood activo, abierto a la introspección y dispuesto a recibir grandes dosis de frustración en forma de pasajes melancólicos.
¿Otro filtro? Sinceramente, «Reality Awaits» da para charla larga, hasta el punto de que vuelve a difuminar los esquemas de su proyección artística, lo cual, por otro lado, me parece un punto a destacar. Cuenta Julian que «aceptar la incomodidad es la única forma de avanzar en cualquiera de los ámbitos de la vida» y eso es precisamente lo que parece que han estado haciendo constantemente, a veces, sin una idea muy clara. The Strokes es una banda que se ha negado a vivir de rentas (bravo) y que, desde hace tiempo, ya décadas, ha optado por levantar sus discos edificando sus propias barricadas líricas y sonoras, poniéndose ellos en el centro contra viento y marea. No pienso, ni mucho menos, que estemos ante el disco más elogiable de los neoyorquinos, pero a diferencia de lo que se preguntaban 23 años atrás en Room On Fire con la apertura de ‘What Ever Happened?’ (¿cómo llegamos hasta aquí?), creo que a día de hoy son más conscientes que nunca del punto donde se encuentran. A los poderosos que alude en sus letras: aquí una colilla de regalo.
Marius
The Good
- La producción de Rick Rubin: sonido sin una mota, definido y que refuerza la nueva identidad de Julian Casablancas, por extension, de The Strokes.
- Los dardos envenenados a los todopoderosos que asoman en sus letras.
The Bad
- La dinámica del disco. En esa tesitura de tiempos lentos acomodados en un sonido retro pero de perfil vanguardista, cuesta engancharse a la escucha.
- No tiene temas que se erijan como estandartes del disco (tampoco parece que esa sea su idea)
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